Ya en el siglo XIV se tienen noticias de la celebración del Corpus en Baeza, siendo nuestra ciudad ya reconocida en el siglo XV en toda Castilla por la solemnidad y magnificencia con la que realizaba anualmente estas celebraciones en honor al Santísimo Sacramento. Pero será como decíamos antes, a partir del siglo XVI, cuando esta festividad cobre verdadera importancia convirtiéndose entonces sin ningún lugar a dudas en la fiesta por excelencia de nuestra ciudad. Como muestra de esta principal importancia encontramos a modo de ejemplo en las actas capitulares del archivo de la ciudad, que el 15 de abril de 1581 el cabildo da permiso a los caballeros veinticuatro para organizar esta fiesta con participación de músicas, danzas y además se decide ubicar toldos en las calles y librar dinero para premiar los altares y cruces que se hagan al paso de Su Divina Majestad.
Para el cortejo procesional como ya vemos, la ciudad se reviste de suntuosidad engalanando calles y fachadas con altares y alfombras, se levantan efímeros arcos triunfales, se contratan músicos y danzantes, se instalan plataformas fijas y móviles con actores y figurantes representando autos sacramentales, en las vísperas se organizan certámenes literarios, pregones eucarísticos y toda una serie de actos litúrgicos, que junto a los lúdicos y festivos marcaban la vida de la ciudad. El Corpus se convirtió en la más solemne de todas las procesiones del año, obteniendo de la Iglesia incluso indulgencias a quien participara en ella. En la procesión figuraban las representaciones de todos los estamentos de la sociedad de la época: político, militar, religioso, gremios, cofradías y hermandades. Una de las costumbres que rodean a la solemne procesión del Corpus Christi que ha llegado desde entonces hasta nuestros días es la tradición de instalar altares a lo largo del recorrido de la misma. Esta costumbre aparece en los primeros años de su celebración por la necesidad de habilitar zonas de descanso ya que las custodias, cada vez de mayor volumen y tamaño, eran llevadas a mano por los sacerdotes u obispo en su caso. Al tratarse de tan preciado objeto y portando nada menos que a Jesús Sacramentado, estos lugares de parada se convertían en altares efímeros en los que se aprovechaba para hacer las oraciones llamadas “estaciones”.
La realización de estos altares, arquitectura efímera muy del gusto del Barroco, solía correr a cargo en un principio de particulares, generalmente familias nobles cuya vivienda se situaba en el recorrido y, con frecuencia, éstos altares se engalanaban con los mejores cortinajes de la casa y las imágenes de la devoción doméstica de cada una, además de los enseres y ajuares más lujosos de las capillas u oratorios privados de las casas señoriales.
Pronto las sedes episcopales, o como en el caso de Baeza el Cabildo Municipal en el año 1647, se encargan de dotar a las catedrales de magníficas Custodias procesionales para ser llevadas en andas a hombros de sacerdotes o en carrozas de ruedas, por lo que estos altares perdieron su finalidad práctica. A pesar de ello, “los altares callejeros” se mantuvieron como actos de ofrenda y honor al Santísimo, y como hitos para rezar las estaciones durante la procesión.

